jueves, 6 de diciembre de 2012

the end of the night.

Es probable que para cualquier otra persona no sea así, pero para mí lo significa todo desde aquel día en que nuestras miradas se cruzaron y no despegamos los ojos uno del otro en unos segundos. No era ni mucho menos, la primera vez que le veía, pero sería la primera de muchas que le miraba de una forma distinta a las anteriores. Por primera vez, le vi como un propósito, como un deseo de esos ques e piden a las estrellas fugaces. Sentí que desde ese preciso instante el mundo en el que vivía solo tenía sentido si junto a mi corazón escuchaba el dulce sonido de su voz. De repente, el que parecía que iba a ser un verano aburrido y monótono, se convirtió en un verano lleno de ilusión por tenerle. Desde aquel momento en que su mirada se clavó en la mía, cada vez que pansaba en el se me escapaba una sonrisa de manera involuntaria. Era simplemente el hecho de pensar en el, de verle casi a diario, lo que me permitía no echar tanto de menos como cabía esperar a otras personas. La simple razón por la que cada día mis sueños se acercaban más a convertirse en una realidad que en un recuerdo, era poder ver esa sonrisa todas las tardes. Porque solo el conseguías hacerme reír hasta con la bobada más alucinante del mundo. Porque mi vida se basaba en el, y desde ese momento, para mí lo es todo. He pasado meses enteros soñando con su imagen, con mis ratos a su lado, con todo lo que vivía con el. He vivido semanas enteras pensando únicamente en él, semanas en las que por muchos golpes que me diera y por muchos malos momentos que pasara nada me dolía, porque él me acompañaba en mis pensamientos a todas partes. Cuando nos distanciamos, tampoco me dolían las caídas, ni los tropiezos, pero esta vez era por una razón muy diferente: entonces no me dolía por que el dolor de su ausencia era más fuerte que cualquier otro.

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