ESCENA V (Romeo y Julieta-en el balcón).
J- ¿Has de partir ya? Aún está el alba lejos. El ruiseñor era, y no la alondra, la que penetró el fondo temeroso de tu oído. Canta todas las noches en aquel granado. Créeme, amor mío, era el ruiseñor.
R- Era la alondra, que ya anuncia el alba. No el ruiseñor. Mira la luz envidiosa como enhebra nubes deshechas en Oriente. Las luces de la noche se han extinguido. Asoma el día feliz y avanza de puntillas por las brumosas cumbres de los montes. Debo irme y vivir, o aquí esperar la muerte.
J- Aquella luz a lo lejos, lo sé, aún no es el alba sino retazos del sol que se desprenden para que sean tu antorcha en medio de la oscuridad, y llenen de luz tu camino hasta Mantua. Quédate pues. ¿Por qué marcharte ahora?
R- Sea yo prisionero. Denme ahora la muerte, Que no hay más felicidad que servir tu deseo: diré que aquella luz confusa no es el iris de alba, sino un tenue reflejo de la frente de Cintia. Diré que no es la alondra la que rasga con su canto la bóveda del cielo, y que deseo permanecer, y no quiero dejarte. Ven, ven muerte: yo te saludo. Así ordena Julieta. Hablemos, amor mío, que el día duerme aún.
J- No, no duerme. Vete, que ya despierte. Huye que es un canto de alondra, discordante; que son ásperas disonancias que resuenan agudas. ¿quién dijo que la alondra separa, dulde, sus trinos? ¿Puede llamarse dulce aquello que me aperte de ti? Otros dicen que con el sapo los ojos intercambia. El acento quisiera yo que me hubiese intercambiado, puesto que así destruye nuestro abrazo esa voz, arrancándote de mi lado con el cando de albada. Mas vete, vete ya. Que, ligera, se aproxima la luz.
R- luz, más y más luz... más y más negro es nuestro pesar.
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