martes, 30 de abril de 2013

Me acuerdo de aquellos días en que no tenía nada de lo que preocuparme, cuando no había nada que me abrumara por las noches, ni largos llantos en soledad. Sí, eran aquellos los días que dedicaba exclusivamente a pensar en ti, a recordarte, a revivir en mi cabeza cada uno de los momentos que vivimos juntos. Cuando recordaba, casi sin querer, los días que empezaron siendo una experiencia nueva, por estrenar, a la que al principio llegué incluso a temer, pero que después, conforme pasaban los minutos, llegó a convertirse en la mejor experiencia de mi vida, aquellos días se volvieron los más felices que jamás he vivido y, seguramente, que jamás viviré. Fueron días realmente magníficos, me enseñaste a querer, pero, sobre todo, menseñaste a quererme y a respetarme a mí misma tal y como soy. Fue una nueva forma de vivir, una nueva forma de verlo todo porque, entonces, no solo vivía de mis sentimientos y sensaciones, sino que además me preocupaba de formar parte de tus recuerdos futuros. Quería que nunca olvidases aquellos momentos, que fueran para ti, por lo menos, la mitad de especiales que para mí. Porque, entonces, veía tu sonrisa iluminándote y era eso, el hecho de verte sonreír a ti, lo que hacía importantes de verdad, y realmente especiales aquellos momentos. Me servía con ver tu sonrisa a unos centímetros de la mía, con sentir que eras feliz, para mí era suficiente escuchar tus risas, cuando nos reíamos juntos, eso me hacía estar bien, sentirme bien. Eso era lo que hacía que aquellos momentos sean hoy inolvidables.

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