domingo, 9 de junio de 2013

Se acostumbró a tener cada mañana el olor de su cuerpo impregnado en sus sábanas. Tanto, que el día que faltó no se creía que aquello hubiera podido pasarles a ellos. No se hacía a la idea de que ya no habría más besos de buenas noches, ni más abrazos bajo las sábanas en invierno. Se habían acabado las mañanas en las que el sol se filtraba por los pequeños huecos que había bajo la puerta, o cuando la persiana estaba mal bajada y se colaban por ahí los primeros rayos de luz del día. Desde entonces, no iba a haber más amaneceres, ni más puestas de sol, porque sin aquellos besos, sin aquel olor, sin su compañía, no había nada que querer, todo estaba perdido. Toda luz que pudiera haber en esa vida se había esfumado para siempre.

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