domingo, 3 de febrero de 2013

Rondaban las cinco y cuarto pasadas de una tarde de viernes. El segundo mes del año dos mil trece había empezado hacía apenas unas horas y Sara y yo paseábamos a ritmo rápido por las calles de Valladolid. El frío, protagonista de la tarde, estaba dispuesto a ser nuestro acompañante, y peor enemigo durante aquella tarde. Mi equipo favorito de fútbol, el Athletic, jugaba esa tarde en nuestra ciudad, y teníamos pensado ir al hotel donde estaban concentrados a verles. Previamente, había metico mi bandera del equipo en el bolso, y Lucía me dejó un permenente, salvándome así la vida. Cuando casi había pasado media hora desde el principio de nuestra ruta, llegamos al hotel. Poco antes habíamos visto el autobús del Athletic y yo ya estaba eufórica. No paraba de decir 'me meto ahí dentro y les violo'. Pues al llegar, vimos las vayas municipales amarillas, y no había gente. Cabe decir que antes de volver a nuestro barrio, teníamos que ir al centro a comprar un regalo. Nos atrevimos a entrar en el hotel, para preguntar si habîan traído algún póster o fotos desde Bilbao; pero antes de tan siquiera abrir la boca nos dijeron 'tenéis que esperar fuera' y eso hicimos. Poco a poco empezaba a llegar más aficción, entre ellos, un niño adorable hasta decir basta. Vimos a Toquero en el hall, hablando con unos seguidores. A eso de las siete, el autobús aparcó en frente del hotel y los nervios llegaron a cantidades inimaginables. Pero allí no aparecían más que policías y vigilantes dispuestos a hacernos esperar más. Eran casi las siete y mesia cuando metieron maletas en el bus, y un poli nos dijo que aún faltaba para que salieran. Sara y yo estabamos volviéndonos locas, porque veíamos que no nos daba tiempo a todo. Tras algo más de dos horas de fría y lluviosa espera, el momento deseado llegó. Los jugadores empezaron a dejar el hotel. Amorebieta iba el primero, los demás iban como una avalencha hacia el bus. Parecía que la espera había sido en vano, cuando Raúl Fernández me oyó gritar su nombre, se volvió, y me firmó la bandera. Tras él, Ander Herrera hizo lo mismo. Ví pasar por delante de mis narices a la plantilla de mi equipo, del equipo que me hace sonreír, pierdan o ganen. Sara y yo vimos cómo Ander se sacaba una foto con el niño que estaba junto a nosotras. Una vez salió Bielsa, pasamos por detrás del bus, camino del centro. Más feliz no podía estar. Había cumplido un sueño, conocer a esos hombres que consiguen hacerme feliz cada fin de semana, con su presencia, nada más. Lo que Sara hizo por mí ese dìa, fue lo más grande, lo más bonito, lo más valioso que alguna vez han hecho por mí. Los autografos, en la bandera, reposan placidamente sobre la pared de mi habitación, y cada vez que los veo, una pequeña lágrima de emoción brota de mis ojos, una lágrima rojiblanca.

No hay comentarios:

Publicar un comentario